Manifiesto VS la inmediatez: VII. Contra la producción masiva y automática

Vivimos rodeados de contenido. La cultura digital ha multiplicado la posibilidad de crear, pero también ha banalizado el acto de creación. La producción masiva y automática —incentivada por algoritmos, formatos prefijados y métricas de rendimiento— ha desplazado el valor de lo singular, lo procesual, lo cuidado.

La crítica a esta lógica ya la encontramos en Adorno y Horkheimer, con su concepto de industria cultural, donde el arte deja de ser expresión para convertirse en mercancía replicable. La creación se convierte en fórmula, el autor en marca, la obra en contenido. Esta crítica cobra una actualidad renovada en la era de la autoedición exprés, las publicaciones por minuto, y los prompts que generan 100 imágenes en segundos.

Desde otra orilla, Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, sostiene que la hiperproducción nos ha vuelto explotadores de nosotros mismos. Ya no hay un amo exterior que nos imponga el trabajo: somos nosotros quienes, seducidos por la promesa de visibilidad y éxito instantáneo, nos autoconsumimos generando sin parar. Lo creativo se vuelve compulsivo. El resultado: fatiga, vacío, desconexión.

Producir por producir no es crear. Es ocupar espacio. Es llenar el tiempo con algo que a menudo no tiene alma, ni peso, ni voz. Y este exceso nos insensibiliza. Nos impide reconocer lo que realmente tiene potencia. En la avalancha, todo se vuelve igual.

Este punto del manifiesto defiende el derecho a no producir. A crear lentamente. A pensar antes de hacer. A publicar solo cuando algo pide salir. A dejar que la obra sea consecuencia de un proceso, no de una obligación externa.

Desde el centro del Ultranauta, este punto nos recuerda que crear es algo sagrado. Es un acto que nace del cuerpo, de la emoción, del deseo. No es un reflejo ni una estrategia de marketing. Es un modo de decir: “esto me atraviesa, y quiero compartirlo”.

En el nivel personal del Pacto, se trata de respetar los propios ritmos creativos. De no imponerse la máquina productiva interiorizada. De no forzarse a hacer algo “porque toca”, “porque hay que subir algo”, “porque hace semanas que no publico”.

En el nivel relacional, se trata también de no someter a los demás a nuestras producciones automáticas. De preguntarse si lo que hacemos aporta o solo ocupa. Si invita al encuentro, o solo satura.

Y a nivel planetario, resistir la producción masiva es resistir también la cultura del desecho. Porque muchas veces, lo que se produce sin alma muere al día siguiente. Genera residuos. Simbólicos y reales. Y el mundo no necesita más basura. Necesita más belleza.

Las inteligencias artificiales, los generadores automáticos, las plantillas, las apps de contenido rápido… todo esto puede ser útil. Puede liberar tiempo, facilitar procesos, expandir capacidades. Pero solo si no reemplazan lo esencial: la intención, la sensibilidad, el sentido.

La automatización no puede ser el motor de la creación. La velocidad no puede ser el criterio de valor. La tecnología, usada sin conciencia, nos convierte en fotocopiadoras de nosotros mismos.

Queremos tecnología que nos permita hacer menos, pero mejor. Que nos ayude a cuidar lo que ya hicimos. Que no nos empuje a saturar el mundo de versiones superficiales.

No queremos producir más.
Queremos crear con sentido.

No queremos generar sin pausa.
Queremos esperar el momento justo.

No queremos cien obras al año.
Queremos una que dure, que toque, que acompañe.

Porque si no cuidamos lo que hacemos, no solo se pierde la obra.
Nos perdemos nosotros.

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