Día 13,003 que suma. Los tambores, el Senado y una guitarra escondida en el cielo de la ciudad.

En el monumento a la revolución bailamos los ritmos que bailamos desde que habitamos esta tierra.

Donde se cuenta de un tambor que hablaba en círculos, un monumento que quiso ser guitarra, y un hombre que caminaba solo entre el calor, la nostalgia y los restos de una ciudad que no olvida y no le deja.

Este es el 11 de abril de 2015.

La primera imagen que tengo de ese día es junto a mi primo Jorge y Sergio. Yo venía de otro sitio, creo que por Insurgentes centro, no recuerdo exactamente de dónde, pero fui directo con ellos a tomar unas cervezas en casa de una amiga de Jorge. De ella no retengo el nombre. Algunas fotos tengo, pero como fueron dentro de su casa y no la conocía realmente, decidí no integrarlas en el archivo. Recuerdo más o menos por dónde vivía; estuvimos ahí un buen rato, y nos fuimos de madrugada.

Fueron muchas las noches en las que caminé por el barrio de Santa Úrsula Coapa, junto con mis primos y compas—Gustavo, David Chano— y siempre intento reconstruir esas escenas a partir de las sensaciones. Las estrellas, la noche, las luces cálidas, los sonidos del barrio… todo eso permanece. Aunque esa noche fue diferente, conectaba con una constelación de recuerdos más amplia, más tribal, más íntima.

El día siguiente se me borra por la mañana, hay un vacío notable en la memoria diurna. Pero las fotos de la tarde-noche aparecen nítidas. En esos días, Gianina Piccioni —amiga venezolana— estaba también en la ciudad. Yo pensaba mucho durante su estancia en Dante Medina, porque a Gianina la conocí gracias a él, en Guadalajara. Estaba reconectando en esos días con amistades de Tabasco, que había conocido meses antes por la invitación del pintor Darío Villacís.

Y, a la par, un recuerdo más áspero: mi pareja de entonces había sido ingresada en un centro migratorio unos meses atrás, durante una visita que hicimos a Tabasco. Todo eso estaba presente, y al mismo tiempo, meses después, nos encontramos —Janina, Darío, y los amigos de Cárdenas— en un lugar tan simbólico como inesperado: el Senado de la República. Acá les dejo la nota del ABC

Ese día también, en el Senado, estaban Pita Santiago y Hugo Hernández. Recuerdo especialmente que el senador del estado de Tabasco, a quien le habían recordado quién era yo, se me acercó. Me preguntó por Sandra, por todo el proceso. Y yo, agradecido, le conté. Porque la verdad es que se habían movido muchas cosas para ayudar. Los amigos de la televisión de Cárdenas, liderados por Miguel Uribe Clarin y otras personas habían volcado recursos para que Sandra saliera rápido del centro migratorio. Aquel reencuentro en el Senado fue también una forma de cerrar ese ciclo: agradecer, recordar, reconocer.

Ahí también conocí a Tina Escaja, quien aparece en una de las fotos. En otra se ve a Gianina, en plena presentación del libro en el Senado. Lo curioso es que Tina, años después, me dijo que justo acababa de conocer a Darío, durante muchos años pensé que eran viejos amigos. Con los años, Tina y yo hemos seguido en contacto. Ha estado en Madrid, y gracias a ella he podido conocer a un grupo de gente muy interesante, especialmente en el ámbito de la literatura electrónica. Tina es una maestra, una histórica. Le tengo mucho cariño. Ese primer encuentro queda fijado en el archivo con una luz especial.

Después de ese acto, salí a caminar solo. Caminar es una de mis pasiones, una forma de estar. Llegué al Monumento a la Revolución. Las imágenes que tomé esa noche se han vuelto importantes: algunas han sido portada o material visual de PLACA. Siempre me han gustado mucho.

En la plaza, los tambores. Profundos, rítmicos. En un video que guardo para otro proyecto, se ve una comunidad bailando y tocando tambores en círculos, un ritual prehispánico completamente vivo. Miraba desde la parte alta del monumento, justo detrás: un hombre miraba fijo hacia el centro de la ciudad, en dirección al Zócalo. Yo escuchaba los tambores, recordaba el Senado, y sentía que flotaba entre capas de historia y sonido. Estaba gravitando.

Una de las fotos más poderosas la tomé desde el interior del monumento, apuntando hacia arriba. Siempre me ha recordado al mástil de una guitarra. Como cuando uno lo observa para ver si está pandeado. Una imagen acústica, simbólica, de afinación interior.

La música que escuchaba en esos días era muy rítmica, muy indie, ideal para caminar. Recuerdo especialmente:

  • Chapo – «I Don’t Need the Sun» (EP: «Come Alive», Vagrant Records, 2014)
  • Will Butler – «Witness» (Disco: «Policy», Merge Records, 2015)
  • El-El – «40 Watt» (Single, autoeditado, 2014)
  • False Foresent – «I Am a Full Grown Man» (álbum: «Boys and Girls in America», Vagrant Records, 2006)
  • Moon Mountain – «Release the Sins» (EP homónimo, independiente, 2014)

Mona, la cantante de Moon Mountain, fue madre recientemente. Diez años después, me emociona evocarla. Nos veíamos en el centro, tomábamos cervezas. Su música me acompañó intensamente en esa estancia en la Ciudad de México. De hecho al día siguiente visitamos juntos el Museo de Antropología e Historia.

En esos días también se celebraba el Festival de la Palabra en Alcalá de Henares, donde Juan Goytisolo fue homenajeado con el Premio Cervantes. En las noticias, el sismo de Nepal ocupaba titulares: una catástrofe. Y también se hablaba del nuevo disco de Sufjan Stevens, Carrie & Lowell (Asthmatic Kitty Records, 2015), considerado uno de sus mejores. A mí me gusta mucho, aunque no es mi favorito. Pero Sufjan ha estado conmigo desde que llegué a España. Siempre.

Y cómo no recordar lo más duro: la herida abierta de Ayotzinapa. Apenas habían pasado unos meses desde la desaparición de los 43 normalistas. Frente al Senado, las manifestaciones persistían, con retratos, mantas, rostros. Años después, en 2017 o 2018, esas voces seguían allí. México no olvida.

Y luego, el calor. Un calor brutal. Se hablaba de niveles elevados de ozono, y hubo restricciones al uso del coche. Era una ciudad vibrante y asfixiante a la vez. En esa dualidad, transcurrían mis días de abril.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo más me quedé. Tal vez en mayo ya estaba de vuelta. En ese entonces vivía en Sevilla. México era todavía una estación intermedia, un lugar al que se vuelve para luego seguir. No imaginaba aún que regresaría más veces, ni que construiría desde allí tantas capas más de sentido.

A todo esto lo rodea un proyecto mayor, que está por nacer. La Antología Poética de Samuel Trigueros —publicada en España por Nautilus— será reconstruida con un cuerpo similar al de Yo solo quería ser un mariachi (Sudaquia Ediciones, Nueva York, 2024). Allí quiero dar forma a esta pasión mía de caminar ciudades. Porque aunque casi no he caminado el campo, no he encontrado mejor forma de nombrar esta búsqueda que con una palabra: la tribu de los caminantes. En ese momento, ya era uno más de ellos. Caminante que observa, que se expande con cada paso, que transforma el afuera en adentro. Así sigo, así estoy.

Aquella noche de abril, el ultranauta IV79 cruzó varias ciudades al mismo tiempo: la de su presente con Jorge, Sergio y cervezas; la del recuerdo con Sandra, Cárdenas y el Senado; y la otra, la de siempre, la que camina con los ojos cerrados.
Desde el tambor prehispánico hasta las guitarras indie que lo arrullaban en los trayectos, todo sonaba como una orquesta de señales. A un lado, la memoria política de los 43. Al otro, Tina Escaja diciéndole que también ella había llegado por azar.
Y en medio, él, un caminante declarado, registrando el aire, el calor, las amistades, las deudas, la gratitud, la ciudad.
Y una foto que apunta hacia arriba.
Como una guitarra.
Como una promesa.

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