La creación, en tiempos de hiperproducción digital, ha sido arrastrada al paradigma de lo inmediato, lo viral y lo descartable. Es común encontrar hoy catálogos llenos de libros, discos, exposiciones, publicaciones, podcasts… que nadie ha acompañado, cuidado o incluso terminado de comprender. La pregunta no es solo cuántas obras producimos, sino qué vida damos a las que existen.
El concepto de obsolescencia programada, aplicado en su origen a productos industriales, ha sido trasladado de forma perversa al ámbito cultural: se espera que toda obra tenga una vida útil corta, que agote su valor en un pico de atención, y que luego desaparezca. El mercado premia la novedad, no la permanencia.
Contra esto se alzan distintas perspectivas críticas. Desde la ética del cuidado (Tronto, 1993), entendemos que el verdadero compromiso no es crear mucho, sino cuidar lo que se ha creado. Darle tiempo. Revisitarla. Releerla. Escuchar su eco. Tronto plantea que cuidar implica atención, competencia, responsabilidad y respuesta: todas cualidades que requieren tiempo humano y afectivo, no solo impulso creativo inicial.
Desde la cultura digital, autores como Matthew Crawford y Jenny Odell han denunciado que la sobreabundancia de contenidos ha producido una nueva forma de vacío: lo que se genera no se sostiene, no se revisa, no se honra. Crear se ha vuelto una acción desconectada de su después. Como si parir no implicara criar.
Cuidar una obra es también cuidarse a uno mismo como creador. Darle continuidad a lo que hacemos es sostener nuestra voz en el tiempo. Es decirle al mundo: esto no fue un accidente. Esto merece existir más allá del feed.


Desde la visión del Ultranauta, este punto está profundamente vinculado a la segunda capa del Pacto: la relación con los otros. Porque las obras no son solo cosas, son vínculos simbólicos. Son hilos que se tejen entre quienes crean, quienes reciben, quienes transforman. Y como todo vínculo, necesitan cuidado.
Pero también se conecta con la tercera dimensión del Pacto: la relación con lo vivo. Si tratáramos a nuestras obras como tratamos a una planta, a un hijo, a un fuego, ¿qué cambiaría? No se trata solo de tener obras, sino de saber cómo acompañarlas en el tiempo. De escuchar lo que necesitan para seguir creciendo. De defenderlas si hace falta. De no abandonarlas apenas salen al mundo.
Desde esta perspectiva, cuidar una obra es también honrar el tiempo que nos dio vida a nosotros mientras la hacíamos. Es reconocer que la creación no termina en la publicación, sino que sigue latiendo en el silencio, en la lectura ajena, en la transformación futura.

En el entorno digital, las herramientas existen para ayudar a preservar, compartir, versionar, dialogar. Pero el modelo dominante de publicación masiva ha convertido esas mismas herramientas en máquinas de olvido. Subimos contenidos que desaparecen en minutos, que no reciben respuesta, que nadie archiva ni cuida.
Queremos una tecnología del cuidado. Plataformas que permitan seguir la vida de una obra, volver a ella, reactivar su sentido. Espacios digitales donde una obra no sea empujada por la lógica del scroll eterno, sino que tenga raíces, resonancias, historia.

Cuidar lo que creamos es parte de la creación misma.
Luchar contra la fugacidad no es solo resistir el ritmo, es darle dignidad al gesto creativo.
Una obra que se cuida vive más, toca más, se expande.
No queremos catálogos infinitos. Queremos obras vivas.
Obras que envejezcan con nosotros.
Obras que puedan ser leídas por alguien, cuando ya no estemos.

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