
El manifiesto como práctica: abrir grietas, dejar entrar luz
No basta con escribir un manifiesto: hay que vivirlo, tensionarlo, permitir que se relacione con el mundo y no solo con nuestras ideas. Estas sugerencias no son correcciones externas, sino formas de continuar el gesto inicial. Son invitaciones a expandir, a conectar, a evitar que las buenas intenciones se conviertan en dogma.
Que este manifiesto no sea un muro, sino una casa con muchas puertas.

SUGERENCIAS DETALLADAS
1. Incluir voces múltiples
No asumir un «nosotros» homogéneo. Incluir en el proceso de revisión y expansión del manifiesto a personas de distintos contextos: jóvenes, mayores, disidentes, migrantes, rurales, urbanos, tecnófilos y tecnófobos.
2. Acompañar con prácticas
Cada punto podría ir acompañado de una práctica posible: leer un poema sin interrupciones, cuidar una planta, guardar silencio una hora, enviar una carta física, construir algo con las manos. El manifiesto se vuelve cuerpo.
3. Evitar el romanticismo estético
Revisar si en la defensa de lo “lento”, “humano” o “manual” no estamos cayendo en fetiches nostálgicos. Lo nuevo no es el enemigo. La pregunta es cómo se usa, con quién se comparte, a qué ritmo se incorpora.
4. Conectar con luchas sociales y ecológicas concretas
El manifiesto puede dialogar con movimientos por la justicia climática, el antirracismo, la soberanía tecnológica, el feminismo o el decrecimiento. No es un manifiesto aislado: es parte de una constelación.
5. Producir una versión en otros lenguajes
Hacerlo accesible para personas con diversidad funcional, para niñes (como en el proyecto Simple), traducirlo a lenguas minorizadas o lenguas no humanas (sí, ¿y si lo leyera una IA desde una voz no humana?).
6. Aceptar el devenir
Permitir que el manifiesto cambie con el tiempo. Tal vez deba tener fechas de revisión, o convertirse en una obra abierta. La inmediatez no se combate con rigidez, sino con elasticidad comprometida.



Manifiesto en tránsito: no se trata de tener razón, sino de tener camino
Un manifiesto que no puede cambiar, no merece ser leído más de una vez.
Que estas sugerencias sirvan para que el texto respire, se abra, se vuelva común.
Que no sea un acto de poder, sino de comunidad.
No un manual, sino una conversación larga, lenta, llena de vida.





