Día 12,419 que suma. Segunda tirada cartonera del #EHEMEB

De cómo pasamos el día haciendo libros cartoneros de ‘Era hombre era mito era bestia/ man myth beast’.

De como el que el Ultranauta, acompañado de un gato llamado Pelas y un músico extraviado, atraviesa el ardor de Sevilla con un puñado de libros, un gallo espectador, y canciones que sobreviven al tiempo.

Era septiembre de 2013. Veníamos de un verano caluroso, de esos que parecían no acabarse nunca. Junio fue especialmente intenso: pasé muchas horas en el sofá, refugiado del calor, como si el tiempo se hubiera fundido con los cojines. 🌞🛋️ Para cuando llegó septiembre, el cuerpo ya se había acostumbrado, y Sevilla comenzaba poco a poco a retomar su curso tras el letargo de agosto.

Recuerdo varias cosas de esos días. Por primera vez, junto con un grupo de mexicanos, organicé una fiesta de Independencia. 🎉🇲🇽 Fue también el tiempo en que ayudaba a mi amigo José Ponte con la gestión de su Airbnb. Recibimos a unas chicas francesas, cuyos nombres no recuerdo, pero están ahí, congeladas en las fotos, me encana vernos tomando cervezas en el salón, intentando apagar el calor. 📷

Damián Comas, el escritor mexicano, pasó por Sevilla en ese tiempo. Teníamos mucha comunicación entonces, me apena que esas charlas se fuesen apagando con el tiempo. Lo último que supe es que está en Italia, es padre y sigue siendo un genio. Siempre hizo cosas que me deslumbraban, por ahí debo tener ejemplares de la novela con la que ganó el premio de Narrativa de la Universidad de Sevilla. ✍️📚

En aquellos días escuchaba mucho a Literature y su disco Chorus, y también a Real Estate con Atlas. A veces no sé si descubrí ese álbum en esas fechas, pero lo asocio con precisión al calor, a la repetición hipnótica de la rutina y a esa atmósfera brillante y lenta. La letra de Real Estate resuena aún: “I’m out again on my own, a reflection in the chrome of an adding machine, it’s been so long…”. 🎧🔥 Aquí mi lista de Spotify del año 2014, pueden encontrar estas canciones en el mes de septiembre.

Pero lo que marca esta imagen, este día, es la tercera tirada de libros cartoneros. ✂️📖 Los hicimos en casa, en el Polígono San Pablo, cuando vivía con el Torres —músico del que ya no sé nada, poquísimo— y con el Pelas, el gato más maravilloso que he tenido en los últimos años (alguna vez, deprimido y sin intenciones de salir de cama, se acercaba a mí, sentía su preocupación, su motivación por levantarme de ahí. No tengo cómo agradecérselo). Las portadas fueron pintadas por Sandra. El fondo negro se mantuvo durante la mayoría de las tiradas, pero las líneas en esta son amarillas, así que, deduzco, esta fue la tercera tirada: las primeras dos llevaban líneas rojas.

Las letras emulan el diseño original que hicimos en marzo de 2013 en Delaware, Ohio, junto a Juan Armando Rojas Joo y Jennifer Rathbun. Fue en su casa donde se armó esa primera edición cartonera, en lo que sería mi primer desembarco a Estados Unidos. 📦🇺🇸 Solo tengo un ejemplar de esa tirada, aunque con los años he ido descubriendo amistades que tienen alguno y yo les digo: son auténticas joyas, (como Grace, que me envió foto de ello desde el Caribe).

Este libro aún me acompaña. A más de una década de aquello, llevamos ya 16 tiradas. Me siento profundamente orgulloso. En este archivo, conjuro a quienes participaron para que también compartan su memoria: cómo fue hacer esos libros, cómo fueron esos días.

Recuerdo también una imagen que en algún momento aparecerá en esta obra: un gallo mirando desde mi ventana. 🐓 Esa fotografía concentra el espíritu de aquella temporada, vivida entre Torres, con la compañía de Fausto Esparza, Juan Cuevas y el lanzamiento de Poemaria.

Eran los días de cruzar Kansas City a pie, desde Santa Justa hasta casa, saludando al Indio que custodia la avenida, esperando los bisontes de luz, era el tiempo en que, si algo iba mal, el Pelas lo arreglaba todo con un ronroneo y una caricia (no saben cómo lo extraño, pensé en él recientemente con algo de precupación, tendrá ya sus 11 años, deseo su vida haya sido hermosa). Fue una época calurosa y entrañable, como pocas. Ahí sigo viviendo de vez en cuando.

Durante un septiembre en el que el calor parecía haberse instalado con carácter vitalicio, el Ultranauta habitaba un apartamento del Polígono San Pablo junto a un gato zen, un músico en retirada y una caja de herramientas para fabricar libros. Los días transcurrían lentos, acolchados por el eco de guitarras melódicas y la sensación de que algo —o alguien— siempre estaba por llegar.

Mientras Estados Unidos y Rusia discutían sobre Siria, y Samsung nos vendía el futuro en la muñeca, en un piso poligonero de Sevilla se imprimía con pintura amarilla la tercera tirada de una editorial imposible. Las portadas eran obra de Sandra. La estructura, memoria de Delaware. Las manos, las de siempre.

El Ultranauta cruzaba Kansas City a pie, esquivando el presente. Escuchaba Literature y Real State como quien se agarra a una baranda invisible, mientras ayudaba a José con turistas que hablaban francés sin subtítulos. En su cabeza, un gallo vigilante asomado a la ventana se convirtió en testigo silencioso de esa época donde todo parecía arder, excepto los libros y los gatos.

Fue el verano del Pelas. Fue el tiempo de conjurar lo que aún no había pasado. Fue uno de esos capítulos que, al recordarse, pide ser contado como si fuera el primero.

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