
Tacos callejeros en la calle buenavista, colonia santa úrsula coapa. 04650 en el alma.
De como el Ultranauta, impedido de regresar a su reino sevillano, recorre los contornos de su infancia en motocicleta, fotografía al taquero de guardia y encuentra en las papas con Valentina, limñon y sal una forma superior de resistencia emocional.
El 6 de abril del 2018 me encontraba en Ciudad de México, viviendo una temporada que se había prolongado por obligación. 🧳 Unos meses antes, en enero, no pude regresar a España por un problema con el visado. Mi casa estaba en Sevilla, con todas mis cosas y mi proyecto vital. De pronto, me vi atrapado en otro país, en otra vida.
En ese momento comencé a pensar cosas raras: ¿y si ya no puedo volver? ¿Y si tengo que quedarme aquí para siempre? Ese pensamiento me generaba una mezcla de miedo, inseguridad y desarraigo. Porque aunque adoro mi calle, a mis padres, a mi familia, sentir que estaba aquí por obligación me descolocaba profundamente. Fueron días de vuelos altísimos en los que no podía despegar de la habitación en la azotea de la casa de Buenavista 39. 🌫️

Ese día decidí salir con la cámara. Quería documentar, aunque no lo supiera entonces, ese presente suspendido. La portada de esa serie de imágenes es la del taquero que atendía justo al lado del terreno de mi familia, en Santa Úrsula Coapa, en la calle Buenavista. 🌮
Ese puesto ha tenido muchos taqueros a lo largo de los años. Recuerdo especialmente al Paisa, que estuvo ahí durante mucho tiempo. Tenía varios hijos; uno de ellos, creo que se llamaba Jorge, una vez descalabró a mi primo y si fijo la memoria, puedo ver cómo reía sabiendo del daño que había hecho, y le parecía sinceramente gracioso. Son memorias borrosas pero entrañables. Esa imagen del taquero representa mucho para mí: es la manera en la que viví durante años en mi calle, es el barrio, esos tacos me saben ahora que no están a retornos obligados. 🌆
Ahí también aparece la tiendita de abarrotes “El Limoncito”, que por muchos años fue de Don Víctor y su familia. Luego se mudaron justo frente a la casa de mis padres. El local original ya no existe, pero ese día aún estaba en uso, con un grupo nuevo de gente vendiendo frituras, que digo nuevo por decir jóvenes; estoy seguro de que les conocí de niños, o en la cuna. Me recordó mis meriendas de infancia: papas con salsa Valentina, limón y sal. Un clásico. 🥔🍋🌶️

Yo había salido de casa porque me iba con Sergio, que vivía por Metro Portales, pasábamos la noche bailando con un juego de la PS3. La idea es que me iba a llevar en su moto. Mientras lo esperaba, aproveché para tomar fotos de la calle y de la gente que pasaba. Capturé a mi prima Mónica Teresa con dos de sus hijos, a mi primo Jorge —tan importante en mi vida— y también a Gorka Larrañaga, que durante años llevó ese espacio llamado “Casa Galería” en la calle Abasolo.

Este ejercicio de mirar las fotos y nombrarlas me ayuda a recuperar nombres, lugares y emociones. Llevo apenas dos generaciones de Los días que pasan, y ya me veo en con emociones profundas. Me siento alienado en casa, ahora mismo 📷🧠

Casi antes de la medianoche, Sergio y yo salimos rumbo a su casa. Yo iba de copiloto en la moto, tomando fotos del trayecto, con la intención de usarlas en un futuro videopoema, o eso pensaba mientras me agarraba con una mano y con la otra sostenía la cámara. Vi el espejo retrovisor de Sergio, no sé si él hacía lo mismo, ¿qué pensaría él mientras cruzábamos Tlalpan? El recorrido comenzaba en el 39 de Buenavista, bajaba hasta Tlalpan y cruzando las vías del metrobús tomamos rumbo al norte, buscando un centro que no vibrara para una ciudad que esto le resulta imposible. 🛵🌃

Antes de salir, habíamos estado en el cuarto de arriba de la casa de mis padres, jugando videojuegos con Gustavo y mi primo Erik. Creo que era el King of Fighters. Estoy prácticamente seguro que esa noche estuvimos en él. Ese juego estuvo presente en nuestra juventud, desde la edición del 2004 hasta la 2000, me parece que jugué intensamente, con el tiempo ellos se volvieron los expertos, me patearon el trasero, recordando seguramente que años atrás eso había sido imposible. 🎮🔥

En esos días Lula da Silva fue condenado en Brasil y se generaron muchas protestas. Mi amigo José Ponte en Sevilla estaba muy afectado: su familia era bolsonarista, él no. También supe que a Puigdemont lo dejaban en libertad bajo fianza en Alemania. Mientras tanto, en Corea del Sur condenaban a la expresidenta Park Geun-hye a 24 años por corrupción. Era un día cargado de noticias fuertes, y yo pensando en volver a mi casa como solemne preocupación. 📰🌍
Musicalmente, ese mes tenía su propia banda sonora. Estaba escuchando una canción rusa que me había pasado Anastasia, salía con ella por esos días y no sé cómo conseguí convencerla a traducir mi poemario al ruso. Nunca supe traducir el nombre de esa canción, pero puedo cantarla. 🎵🇷🇺
Son días en los que Ángel Strife con “La melancolía del sol” se ganaba a pulso un sitio en la memoria musical de esos días. Traigo conmigo desde entoncesla canción de Jenny Owen Young que me remitía a BoJack Horseman, serie que vi casi completa durante esa etapa. Años después terminaría de ver la serie con Eva, ya en Madrid y durante la pandemia. Coseché canciones de Siddhartha, The Books, Dan Deacon, Vetiver, Wes Montgomery, Hop Along, entre otras. Esa playlist fue una suerte de refugio emocional durante ese abril de incertidumbre. No paró de crecer un solo día. 🎶💿
Fue un mes de introspección, de respirar desde la azotea, de preguntarme si volvería a Sevilla. Entre videojuegos, taquitos, fotos del barrio, grabaciones desde la moto y la música que me salvaba, fui construyendo un mapa del limbo en el que habitaba.

Aquel 6 de abril de 2018, el Ultranauta vagaba por la Ciudad de México como quien habita una realidad alternativa impuesta por embajadas, sellos y burocracias invisibles. Le habían negado el regreso a su hogar sevillano, y aunque su cuerpo dormía en la habitación de arriba en casa de sus padres, su alma andaba entre taquerías, ventanas, tiendas desaparecidas y el King of Fighters.
El barrio de Santa Úrsula Coapa, con sus calles tejidas de memoria y frituras con limón, le ofrecía el telón de fondo para un acto cotidiano de resistencia: documentar. Como un espía de sí mismo, fotografiaba esquinas, parientes y puestos ambulantes, mientras esperaba que su primo Sergio lo llevara en motocicleta a otro punto del mapa. Iban con prisa pero sin destino, como en una película que aún no tenía guion. 📷🛵
La playlist de ese mes era una mezcla de rusas melancólicas, guitarras psicodélicas, pop latino y pistas de series animadas con caballo depresivo. Entre canciones, regresaba el deseo —no declarado— de hacer un videopoema con todo aquello. Porque si uno no puede volver, al menos puede armarse una película con lo que queda. 🎞️
Y así fue como el Ultranauta, temporalmente varado en la tierra que lo vio nacer, comenzó a construir otro tipo de hogar: uno hecho de imágenes, voces, letras, papas con salsa y promesas postergadas. En la esquina de Buenavista y el limbo, un capítulo más del archivo fue revelado, entre humo de taquitos y la nostalgia de un joystick. 🌮📼✨



